Un tal Wilckens


Juan Alberto Miérez, escritor chaqueño y hombre de la cultura, nos introduce desde la primera línea de su obra, Un tal Wilckens, en una trama sin concesiones.


Las huelgas de los peones en la Patagonia entre 1920 y 1922, las acciones de los líderes, la represión estatal y paraestatal, son los antecedentes del atentado llevado a cabo por Kurt Gustav Wilckens, el protagonista.


El idealismo, la violencia y la injusticia sumados a las contradicciones de los dos primeros gobiernos radicales son los ejes temáticos que nos transportan a una Argentina joven; en tránsito hacia una democracia plena.


El relato no es lineal. La acertada planificación en capítulos cortos transita la narración pura, el dato certero, el diálogo vibrante y hasta el manifiesto indignado de las valientes mujeres de “La Catalana”.


La metaescritura aborda las reflexiones del autor sobre su proceso creativo. Por todo lo dicho, y de acuerdo con Djibril Mbaye, el libro de Miérez se asimila a la novela postmoderna en tanto que encontramos ejemplos de fragmentación e intertextualidad. El discurso heterogéneo aporta matices que enriquecen el texto.


Un tal Wilckens da cuenta de una inmigración anarquista que desmiente la mirada ingenua sobre el país a principios de siglo XX —¿Un granero del mundo al que deberíamos volver?—. Demuestra que los procesos históricos son complejos y se nutren tanto de consensos como de conflictos. El reparto desigual, la reacción obrera y la violencia estatal —con su corolario temprano de cuerpos desaparecidos—, vienen de lejos. Han parido nuestra realidad.


En sintonía con la cita de Orlando Van Bredam en la contratapa: “La novela tiene ritmo, tensiones, interesante dosificación de la información histórica y adecuada resolución”, agregamos que, por sobre todas las cosas, Un tal Wilckens fluye con la cadencia gozosa de la mejor literatura.


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