Crear condiciones realistas para que la vida sea verosímil; ahí: dejar entrar a los espectros. El duelo es estar atrapado en un recuerdo. Volví a la lápida feliz que fue para nosotros esa casa. El mar bravo mirándonos la cara, el bosque a los costados, corchos en la arena. El espacio late. Otra gente lo habita. Desde lejos, me desdoblo, viajo en el tiempo, tiro una flor a la tumba, me prendo una y camino. Estoy sentado en el muelle cuando lo veo. Él no se da cuenta de que estoy. Pasaron diez años desde la última vez, estábamos juntos, caminando por esta playa una mañana de diciembre. Esas vacaciones fueron nuestra lápida feliz. Todo este tiempo fue un espectro. Estuvo ahí en forma de herida. Todo se ve con más piedad a la distancia. Está igual. La misma facción triste, la mirada de un solitario, la urgencia de un abrazo y un vacío mudo. El impulso de acercarme y hacer carne lo que la nostalgia revela: somos dos desconocidos. En ese instante, pierdo la memoria.
¿Cuánto recordamos de otro antes de que se pierda? Pensá en la última vez que viste a una persona querida, ¿qué tenía puesto? ¿cómo llevaba el pelo? ¿usaba algún accesorio en particular? ¿de qué color, qué material? La memoria es traicionera, como los narradores; la memoria se va y el tiempo solo puede perderse. Una vida entera puede ser contada en pocas páginas. Eso hace con calidez y tensión la mexicana Isabel Zapata, y zurce las formas discontinuas pero persistentes en las que volvemos a las lápidas en las que algo de nosotros quedó atrapado. No importa cuánto tiempo pase, las heridas de amor no se superan, y por más que cambien de nombre o detonante, son siempre la misma.
Cuando mi hermana, a sus treinta años, le reclama a nuestra madre una conducta en su cumpleaños de quince, se transforma inmediatamente en esa niña: la veo sentada en una silla camuflada, el vestido blanco, enagua, descalza, llora. El trauma es un túnel del tiempo. Volvemos a ser el que éramos cuando se desató. “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”, dice la cita de Louise Glück que abre la novela. Andrea (hija), Josefina (madre) y Francisca (cuidadora) forman una tríada narrativa de incomprensiones, saltos y ausencias atravesadas por la perra Troika, que da título al libro. Los animales aparecen como seres misteriosos sin lenguaje pero capaces de comunicarse, tomar decisiones, mostrar emociones, cuidarnos, enojarse, pedirnos cosas, quejarse, atacarnos y traicionarnos. Una especie de espejo de nuestra consciencia en una realidad paralela.
Francisca es una mujer partida como la cabeza de su hijo en el accidente que lo mató. No puede escapar de la culpa, hace lo imposible por evadir todo aquello que abra el portal del dolor, del recuerdo. En esta historia, donde los grandes temas son la memoria y la invención, y los procedimientos de la invención para llenar los huecos de la memoria, también se cuelan las vidas de las clases trabajadoras empobrecidas a cargo de las tareas domésticas de los ilustrados de mejor salario; el levantamiento zapatista a finales de 1994; la posterior y profunda crisis económica; el eclipse frente al retrato de una de las últimas generaciones que creció sin internet.
“Con la esperanza de que alguien más perspicaz que yo me ayudara a resolver el misterio, conté tantas veces el mismo suceso que terminé por inventarlo: lo adorné con detalles de libros y películas, sumé y sustraje personajes a mi antojo, cambié el orden, de modo que la historia se volvió una prueba irrefutable de que un recuerdo puede dotar a alguien no solo de vida eterna, sino de infinitas vidas paralelas”.
“Comprendía que extender la conversación era extender las posibilidades de que las cosas hubieran sido distintas, porque la memoria es una segunda oportunidad. Fue ese permiso para poner mi vida en otros términos lo que me permitió sentirme a gusto con ella. La Verdad con mayúscula, sin embargo, se difuminó tanto que apenas distingo invención de realidad si me asomo a esa nostalgia espesa”.
“El duelo no avanza en línea recta. No avanza: es una mancha de humedad en el techo a la que los habitantes de la casa se acostumbran al punto de dejar de verla”.